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La concertación de Libera y Malaparte

“Lo que ordena aquí la casa es la autosuficiencia que permite al cielo y la tierra, a los dioses y a los mortales formar una única unidad con las cosas” (1)

Durante la década de 1930, en pleno proceso de consolidación del movimiento moderno, la transformación de la cualidad plástica del objeto de una parte de la producción arquitectónica Europea, fue resultado del interés de algunos arquitectos por la arquitectura vernácula.

La noción de sitio y la integración de la obra con su entorno, que hasta ese entonces resultaba indiferente, empiezan a formar parte de los objetivos de muchos arquitectos de la primera y segunda generación, preconizando una sensibilidad privativa por el lugar. Esta inquietud integradora que también domina la voluntad de Adalberto Libera, hace eclosión durante el diseño de la casa para el escritor Curzio Malaparte.

Combatiente en la primera guerra mundial, Malaparte fue encarcelado por el régimen de Mussolini en la isla de Lipari, y al ser liberado busca un espacio de sosiego donde residir luego del largo exilio transcurrido. Para ello dispone de un terreno ubicado en el promontorio di Capo Massullo, geografía portadora de una belleza deliciosa, que le ofrece a Libera una circunstancia excepcional para indagar la relación entre la arquitectura y su entorno.

El acto trascendental de Libera y Malaparte consiste en establecer un acuerdo de reciprocidad con la naturaleza, que reinterpreta la condición del sitio para promover una nueva relación entre el hombre y el entorno natural. Los atributos arquitectónicos para esta concertación provienen de una mirada a la antigüedad clásica, donde se evoca el rito de la tradición del mundo griego, mediando un plano que urbaniza el área, oculta las funciones de la vida doméstica, y subyuga el enclave como un fondo escénico, ordenando un ejercicio que concreta una nueva valoración.

En tal sentido, la casa resulta una prolongación artificial de la roca, y como tal, se eleva monolítica, revestida en un estuco rojo sin ningún tipo de juntas. Para Francesco Venezia, estos acontecimientos subliman el valor de la casa“en esta total indiferencia del espacio superior hacia la residencia subyacente reside la clave para comprender la casa. Ácida y roma por fuera, renuncia a funciones y signos efímeros. Franquea, enlaza, domina. Prolongación artificial del enclave, forma expresiva de un acto de asentamiento primario. Piedra de toque, como el “midi le juste” que separa dos momentos y mide las alternancias cíclicas. Lugar testimonial y por ello lugar del recuerdo.” (2)

Para alcanzar la vivienda se debe transitar un sendero que surca los riscos montañosos. El primer contacto con la casa es la singular escalera que evoca la cercana Chiesa dell’Annunziata y la cualidad graduada de la escalinata del Capitolio Romano diseñada por Miguel Ángel. Su forma trapezoidal con el lado menor en la base exagera la dimensión real de la escalera y hace del ascenso el momento del acontecimiento. El visitante es incorporado de manera dinámica, fundando una incertidumbre que se devela al finalizar el escalamiento, donde un muro curvo lo obliga a desplazarse para percibir el paisaje.

En ese suceso, el espectador encuentra el control absoluto del horizonte. La superficie creada permite una relación dominante con el paisaje y anima la concordancia ideal con el mundo natural, una representación más cercana a lo hierático que a lo doméstico.

El exterior no revela en absoluto lo que acontece dentro de la casa. A diferencia de la escalera que conduce a la terraza, el acceso es modesto y no jerarquizado. Una pequeña puerta permite acceder a la sala de estar, resuelta de manera independiente del resto del programa. La sala no revela ningún suceso singular, solo propone un lugar de descanso, con la naturaleza enmarcada en ventanales estratégicamente dispuestos. El resto de las áreas del programa están incrustadas en la roca, habitaciones perforadas por pequeños vanos de iluminación para que en el exterior prevalezca el estuco terracota que reviste el muro de piedra.

La relación entre Libera y Malaparte tuvo un final abrupto y el propietario realizó la mayor parte de la obra con la ayuda de constructores locales. No obstante, la aportación de Adalberto Libera y la voluntad de Curzio Malaparte se mancomunaron para componer el carácter gestual atípico de la vivienda.

La casa no impone condición alguna sobre el sitio; emerge de la piedra, se fusiona y se despliega sobre la roca sin dañar la imagen de la naturaleza. Propone una voluntad compartida que permite mancomunar ambos paisajes en un nuevo escenario enriquecido.

La idea acomete la roca para introducir en ella su arquitectura, y en la misma operación, construye un territorio donde contemplar la agraciada belleza de un entorno infinito.

©Marcelo Gardinetti, 2015©

Notas:

  1. HEIDEGGER, citado por L. McDowell en Genero, Identidad y Lugar, Ediciones Cátedra, Madrid, 2000, pp. 111 y 112.
  2. Francesco Venezia, Casa Malaparte, pag. 17

Se desconoce el autor de las fotografías, que se encuentran en libre circulación en la red

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